Plata o
plomo
Cuando
despiertas no sabes si será el día en el que morirás, él si lo sabía claramente,
y es que El Diablo le seguía, pero no
el de patas de cabra, cachos y piel color de fuego, sino el de botas de cuero,
camisa cuadriculada y una Pietro Beretta con balas de precisión milimétrica. Desde
hace mucho andaba tras de él tratando de saldar su deuda, de la única manera que
él conocía, a puro plomo, y ese día andaba con el alma poseída por los demonios
que le atormentaban.
Trataba
de correr lo más rápido que podía, pero mientras más quería huir de su maldito
destino más se obstinaban sus piernas en traicionarlo, recordándole que el tuvo
toda la culpa de lo que le sucedía en ese momento, “le estas tocando los huevos
a el diablo, y te va a llevar la chingada” le advirtió una vez aquel sicario, y
la verdad no mentía, sus amenazas las traducía en balazos.
La
noche solamente le hacía sentir más pánico que el que le causaba la idea de
estar a merced de un ser sin escrúpulos. Un sudor helado recorría su cuerpo y
subía un escalofrío que iba a terminar directo a la nuca, se imaginaba de la
manera más ridícula: sudoroso, pálido y con la sombra de la muerte en el
rostro, recorriendo las calles que más bien en su desesperación veía como
laberinto sin salida, con la aflicción que sentiría la presa frente al cazador,
hasta que todos sus miedos se materializaron de la manera más terrorífica, El Diablo parado enfrente suyo.
-Al
fin te encuentro, por Dios que eres más huidizo que las mismísimas ratas, pero
la verdad no vine pa´ decirte tus pinches virtudes, sino pa´justar nuestras
cuentas pendientes.
En
ese momento sintió que se quedaba ahí, como una roca, sin poder moverse y sin
poder decir nada; mientras que él levantando el cañón de su pistola se le
dibujaba una leve sonrisa como diciendo “te lo dije cabrón”.
Su
respiración se hizo cada vez más rápida y él se dió cuenta de eso, con esos ojos
que asemejaban brasas ardientes lo fulminó y dijo en tono de burla:
– ¿se
nota que se te quito lo machito, no? Ya sabía que por dentro eras un maricón,
pero tú te lo buscaste.
Trato
de huir de nuevo y un fogonazo unido con una detonación ardió dentro de él,
directo en su pierna derecha, cayó al suelo y el asfalto aún tibio chocó contra
su pómulo, el proyectil quedó dentro de su muslo quemándolo y entonces sabía
que no tenía caso el querer escapar, su suerte estaba echada y lo único que
podía librarlo de más sufrimiento era el sadismo del Diablo, si él deseaba podía hacerle sufrir como un perro
desgraciado, o simplemente hacerle un agujero en la frente con su firma.
La
sangre corría por toda su pierna, tibia y con el típico olor oxidado, empezaba
a desvanecerse, su boca estaba totalmente seca, trataba de articular alguna
plegaria, pero recordó que nunca fue tan devoto, es más, pensó que jamás iría al
infierno o al cielo, pero esta vez estaba seguro de que iba a ir al infierno de
la mano del mismísimo Diablo.
Sus
ojos empezaron a cerrarse involuntariamente todo se volvió oscuro, su dolor
se hizo cada vez más tenue y llegó a escuchar otras dos detonaciones, un
zumbido aturdió sus oídos; "¿será ese el verdadero sonido de la muerte?" se preguntó,
puede ser, mientras tanto cada cosa se hizo más oscura y sus sentidos se
debilitaron, sentía más cerca la mano de la muerte posándose en su hombro izquierdo,
como un tempano de hielo, así de fría.